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Me acuerdo la primera vez…

2 octubre 2017

Me acuerdo la primera vez que me fui a vivir sola a otro país. Tenía 18 años, casi 19. Me fui a Vancouver. Me había graduado de prepa por obra del espíritu santo, porque estuvieron a punto de correrme, pero logré graduarme. En ese tiempo, de verdad no entendía racionalmente ¿para qué estudia la gente tanto? (más bien las mujeres) de por si graduarme de prepa fue complicado, ahora estudiar una carrera, y peor aun ¿una maestría? ¿están locos?… ¿quién y porqué hacen eso? Así era mas o menos mi mentalidad, realmente sí creía que si te ibas a casar que necesidad de estudiar tanto (imagínense, de aquí se desprende toda mi vida).

Por mi bendita suerte también, algo desconocido, y sin identificar, me hacía moverme. Inconscientemente empecé a hacer cosas; algo sí sabía: era rebelde, me gustaba la fiesta, vivía enamorada del amor, tenía miles de amigas, y no me iba a quedar en paz.

Entré a estudiar la carrera de fotografía, fue lo primero que se me ocurrió que podría estudiar en una universidad (una no muy reconocida por su nivel académico), y pensé en cualquier carrera que no involucrara números, ni enciclopedias. Cuando entré a fotografía por supuesto que no me encantó, solamente llenaba un pequeño hueco y una necesidad por “hacer algo”, no sabía que cada paso me llevaría hasta aquí.

Decidí abortar la misión de la carrera de foto a los seis meses y me inscribí a un curso de inglés en Vancouver, y a una escuela de maquillaje profesional (otra carrera que se me ocurrió que era creativa, no llevaba matemáticas ni estudios muy profundos). Así que llegué a Vancouver a una escuela de la YMCA, de esas típicas de película con lockers, gym y comedor de estudiantes. Llegué a hospedarme a una familia canadiense con una mezcla de ascendencia de Croacia o algún lugar de por ahí, no recuerdo bien, de dos señores ya grandes, de aproximadamente 60 y 70 años, y una hija como de aproximadamente 28 años que se llamaba Marianne.
En la escuela hay estos programas donde te quedas con familias, y rentas un cuarto de su casa, y “vives” la cultura… Todo iba muy bien en la escuela, hice amigos de brasil, mexicanos, colombianos, una muy buena amiga de Suiza con quien practicaba mi inglés porque lo hablábamos igual de mal. Iba a la playa los días de sol, y me sentía súper adulta porque cumplí 19 años y ya era mayor de edad, así que en Canadá la mayoría de edad es esa, cuando ya puedes tomar alcohol.

Tuve aventuras divertidas, salía de fiesta ¡y por primera vez me di un beso a un desconocido! Era un brasileño, que obviamente jamás me volvió a hablar y yo me sentí súper usada, y rechazada. Después entendí que no iba a encontrar al amor de mi vida así, ni en ese viaje (sigo tratando de entenderlo, jaja).

Fue la primera vez que experimenté la vida, las decisiones, la responsabilidad, la soledad…
Ahí conocí amigas mexicanas, que eran un poco más grandes que yo de edad, ellas vivían en un departamento solas, para mi esa idea de vivir sola en otro país era impensable por la filosofía de mi familia, así que solo iba de vez en cuando de visita con ellas.

Los señores de la casa con los que vivía raramente los veía, solo llegaba a dormir y algunas veces a comer. Vivía en unas lomas residenciales cerca de la ciudad, donde todos los días llegaba el camión a la esquina a la hora en punto para irme a la escuela, el trayecto era por una larga calle que se llama Hastings, una de las más conocidas por vivir todos los homeless, junkies y adictos a la heroína. En Canadá hay programas de protección a las personas adictas, no conozco bien cómo funciona, pero les proporcionan jeringas y espacios para no contagiarse de enfermedades.

Cada día que pasaba por ahí en el camión me quedaba mirándolos, uno tras otro, sentados en las banquetas, recargados en las puertas de los locales cerrados, hablando solos con carritos de súper llenos de sus vidas enteras ahí guardadas, siempre sentía mucho dolor de imaginarme sus trágicas vidas abandonadas… y así cada día.

Un día, después de aproximadamente dos meses de estar en esa ciudad, empezaba el frío, y regresando a mi casa canadiense, la señora me estaba esperando en la cocina, era en el piso de arriba, una casa clásica blanca, con una entrada alfombrada color hueso, un sótano, y tres cuartos.
Llegué a saludarla, y me dijo tantas cosas que apenas puedo recordar, me dijo que no le gustaba que estuviera en su casa, que era una niña chiqueada, protegida por mi familia que no sabía hacer nada… entre otros 30 minutos de ofensas que no recuerdo bien. Me acuerdo mi sensación de soledad y abandono. No sabia qué iba a hacer… Hablé con mi familia, y obviamente se preocuparon por mi, pero tampoco podían hacer mucho, al día siguiente hice mi maleta y me fui de su casa, solamente me despedí de la señora, no recuerdo ni siquiera como. No tengo ningún recuerdo de haber sido grosera, o algo parecido. No quiero justificar, pero a esa edad me tomé absolutamente cada palabra personal, y me sentí la niña más mierda del planeta.

Me fui a vivir con mis amigas del departamento, que muy amablemente me compartieron un pedacito de su piso, en un colchón inflable a un lado de la cocina; donde podría perfectamente cocinar y estar parada sobre mi colchón inflable, que en esos momentos desamparados me sentí super acogida.

Mis papás me dijeron que si quería me podía regresar a México, pero por alguna extraña razón, me quise quedar (Creo que estar “de independiente” en un departamento me dio empoderamiento).

Después de eso, seguí en la escuela, haciendo amigos, saliendo de fiesta, iba a mis clases de maquillaje, en este tiempo, era un gran hábito y desahogo para mi y cada día escribía en mi diario personal, que guardaba dentro de mi maleta, todos los días sin falta.

Escribía sobre mis amigas, mis galanes, mis días, mis clases, y todo, absolutamente todo lo que sentía… Un día, llegué al departamento, y mis cosas estaban afuera. Sí. Mis maletas afuera. No entendía nada. Llegué, toqué la puerta, y las tres roomates abrieron la puerta al mismo tiempo y les pregunté ¿que pasó?, nadie me decía nada.

Hasta después de un rato, me confesaron que abrieron mis cosas y leyeron mi diario… y que estaban enojadas conmigo por todo lo que había escrito, así que obviamente si yo escribía absolutamente todo, había cosas de ellas ahí escritas, sin filtro, sin maquillaje, sin nada, sin más… No hubo forma de justificar cada palabra que había escrito, y aunque en mi defensa ellas atentaron contra mi privacidad, yo salía perdiendo de cualquier lado que lo quisiera ver.

Una vez más, me sentí sola, abandonada, desamparada literal. Hablé con mis papás y ellos se empezaron a preocupar por mi, por obvias razones, algo muy malo estaba pasando conmigo, yo también me lo pregunté. La realidad es que no lo sé, no puedo decir que yo fui en todas las experiencias la mala o la buena del cuento, simplemente estaba siendo yo, así como soy.

Probablemente la gente no se sentía cómoda conmigo, o probablemente yo no me sentía cómoda con esas personas. Y así fue. Para mi otra vez “buena” suerte, tenía amigos mexicanos en los departamentos de ahí mismo que me dejaron estar mi ultimo mes corrida de todos los lugares. Já.

Mi mamá me dijo que me regresara, que no tenía porqué estar allá, que no tenía necesidad de estar allá sufriendo, gracias a Dios sentía ese apoyo incondicional a distancia, y por alguna extraña razón (nuevamente) decidí quedarme hasta finalizar lo que me había ido a empezar.

Y así fue; terminé mi curso de inglés, me gradué de la escuela de maquillaje profesional, y por fin regresé a México. No saben con las ganas que volví, y lo duro que fue vivir eso. Probablemente dicen, ay equis, no fue nada, o no lo sé. Pero para mi en ese momento fueron experiencias súper dolorosas, y tristes. Probablemente marcaron mucho mi personalidad de ahora, la vulnerabilidad de ahora, la fortaleza de ahora, me dio todo eso, muchas herramientas para lo que seguía en mi vida. Y lo fui logrando, poco a poco.
Probablemente aquí inició mi historia.

Espero alguna que esté leyendo se pueda identificar con estas partes rotas.

Love,
Ch.

CherryChris
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